El fracaso amoroso

[adrotate group=”7″]

Toda persona, capaz de placer y de deseo, ha de desarrollar aún su capacidad de afecto, antes de poder comprometerse en los caminos del amor. La experiencia del afecto es muy distinta de la experiencia del deseo. Se puede desear a esa mujer que encuentra cada mañana en la calle y que le gusta, sin por ello vivir una experiencia de afecto. Se puede, inversamente, sentir gran afecto por su madre, su hermana, un amigo, sin vivenciar deseo por ellos.

A medida que se desarrolla la capacidad de afecto, se experimenta toda una gama de sentimientos: simpatía, calor, estima, benevolencia, ternura, confianza, seguridad, dulzura. Cuando se experimenta uno o varios de esos sentimientos con respecto a alguien, puede decirle: me siento a gusto contigo. De este modo, se expresa esa experiencia mediante el sentimiento de ser comprendido, de ser acogido, de estar en comunicación con el otro, de poder expresarse libremente sin miedo a ser malinterpretado o juzgado por su interlocutor.

La madurez afectiva consiste más bien en desarrollar la propia capacidad afectiva dirigiéndola a un número cada vez mayor de personas. Ello no excluye las relaciones privilegiadas, pero el desarrollo de la madurez afectiva se traduce normalmente por aquella calidad de calor humano y de benevolencia que tiñe todas las relaciones interpersonales.

Vivir el afecto es, al mismo tiempo, ser vulnerable. Dar el propio mundo interior es conceder al otro un cierto poder sobre uno mismo; es una posibilidad de estrellarse y, a la vez, una posibilidad de amar. Llevado por el afecto que se siente hacia algún amigo, uno se confía a él y se explaya en su presencia.

Al igual que la sexualidad, también el afecto puede, de hecho, convertirse en una traba para la libertad y la autonomía. Por sí mismo, el afecto abre al diálogo y es, sobre todo, fuente de liberación, ya que permite ser uno mismo en presencia de otro.

El fracaso viene, pues, de la falta de integración de los diferentes componentes de la experiencia de amar, más que de una capacidad excesiva de afecto. Puede ocurrir, por ejemplo, que la persona se lance, de forma más o menos deliberada, a un intercambio afectivo que más tarde lamente. El problema viene de que en realidad, esa persona no eligió tener aquella comunicación o intercambio.

Contrariamente a esa experiencia de fracaso, si el intercambio afectivo ha sido verdaderamente objeto de elección, la persona no tendrá la impresión de vaciarse o de alienarse mostrándose tal como es ante el otro.

Imagen: Flickr-Autor:danybotica

Artículos relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Recent Posts