Estereotipos, medios de comunicación y #15M

Fue Walter Lippman en el año 1922 quien afirmó que “la opinión pública se genera por un curioso procesamiento de repetición de las mismas imágenes en el pensamiento de las personas, similar al proceso de estereotipia de las imprentas”.

A nadie le es indiferente los diferentes actos que, en toda España, tuvieron lugar el pasado 15 de mayo (o, más concretamente, desde este día). Jornada que, dicho sea de paso, sirvió de mecha para que la sociedad española empezara a despertar del largo letargo de la indiferencia y la dejadez propia de la mayoría de los ciudadanos españoles.

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En ese día, cientos de miles de ciudadanos (no lo olvidemos) en toda España se manifestaban ante la situación actual que, la crisis económica y financiera mundial, ha causado en nuestro país; ante la larga lista de parados existentes hasta aquellos momentos; ante la indefensión de todas las familias que no reciben ningún tipo de prestación económica; ante el increíble número de embargos; pero, sobretodo, ante las diferentes medidas económicas, claramente restrictivas, llevadas a cabo por el Gobierno español “obligado” encubiertamente por Estados Unidos, Europa y los mercados internacionales.

La estereotipia y el movimiento #15M

Desde entonces, el movimiento bautizado con la denominación de 15M sigue más activo que nunca, aunque ya muchos analistas hayan advertido que, sin una decisión clara y unánime, puede suponer una falta de inactivación en el resto de la sociedad que lleve a una desaparición gradual del mismo.

No obstante, una cuestión que quedó patente en aquellos días, y que de hecho aún podemos seguir observando prácticamente cada jornada, es como la estereotipia ha llegado a influir en un movimiento apartidista y apolítico.

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Cuestión motivada, claro está, por medios de comunicación contrarios a cualquier acción democrática y libertaria que tenga por objetivo mejorar los derechos de todos los ciudadanos, en detrimento de los privilegios de unos pocos (llámese banqueros, empresarios o incluso los propios políticos en sí mismos).

En este sentido, tal vez, sea interesante hacernos la siguiente pregunta: ¿qué imagen nos viene a la cabeza ante la palabra “perroflauta”? Este término fue utilizado por estos medios de comunicación como una forma de desprestigiar a un movimiento que estaba empezando a calar en la sociedad española.

Y es que a nadie se le escapa que, al pensar en este término, nos viene a la cabeza todo un conjunto de imágenes y adjetivos relacionados con personas jóvenes con pocas cosas que hacer, que no se lavan o que se lavan poco, con los pelos largos, fumadoras de drogas, y generalmente hippies.

El estereotipo como forma de manipulación

La forma de manipulación es sencilla: se produce una categorización social interesada a partir de la cual se identifican a unos determinados miembros del exogrupo con calificativos que desprestigian en definitiva al resto del movimiento.

En esta ocasión, es importante destacar el gran poder que ejerce el factor motivacional, dado que con él se realiza una denominación en función de unos intereses claramente personales. Y lo que es aún peor: se percibe a los miembros de ese determinado exogrupo como personas inferiores (llámese 15M como indignados).

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Con las movilizaciones del 15M, y más concretamente con las participaciones que han participado en las manifestaciones, ocurre lo mismo: cuando una o varias personas no encajan dentro de un determinado grupo (en esta ocasión, el grupo mayoritario de ciudadanos que, hasta estos momentos, se habían conformado con la situación actual y habían permitido decisiones coactivas e injustas), estas son incluidas en otra categoría o subtipo, en este caso despreciativo.

Pero existe un problema: ¿qué ocurre con las personas que no cumplen con este estereotipo y que, sin embargo, sí se han manifestado y participan activamente ante las diferentes iniciativas del 15M?.

Se produce entonces lo que los psicólogos y sociólogos llamamos correlación ilusoria, dado que se percibe una asociación entre variables que realmente no están relacionadas, de manera que se establece una relación entre miembros de grupos supuestamente minoritarios y conductas infrecuentes.

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Ante la existencia de personas que no cumplen con el estereotipo de perroflauta, se produce una correlación ilusoria mediante la que se realiza una asociación entre variables aunque originalmente no estén relacionadas.

Pero algo que es aún peor. Además de la propia correlación ilusoria, se produce una profecía autocumplida, de forma que tanto los medios de comunicación como las personas que los siguen tienden a actuar y a comportarse con ellos en función de tales creencias, desacreditando a la importancia de un movimiento que solo busca mejorar esa democracia que tanto nos ha costado conseguir.

Y es que, para terminar, quizá pueda ser útil hacer caso de la última definición que Lippman dio de los estereotipos allá por el año 1922: “no vemos antes de definir, sino que definimos antes de ver”.

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