Paciencia y tolerancia, remedios contra el enfado

Por muchos buenos propósitos que uno se imponga a diario, rara es la vez que el enfado no nos sorprende ante una situación inesperada. La cólera, la irritación y la crispación son síntomas de un desasosiego interior que sobrevienen en cualquier momento de la jornada.

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Seguramente, admiramos la mansedumbre de algunas personas que, ante cualquier circunstancia, son capaces de mantener la calma y ver las cosas con mayor paz interior que la que nosotros experimentamos.

El autocontrol o dominio de uno mismo es un trabajo largo y de años. A la meta no se llega el primer día. Sin embargo, existen algunos trucos o remedios que nos pueden ayudar a no perder los papeles y conservar la quietud del corazón en esos momentos de desconcierto.

Primeramente, la paciencia: saber esperar para tener todos los datos en la mano, antes de emitir un juicio precipitado que nos saque de nuestras casillas es un buen método. No hay nada en esta vida que no tenga solución, salvo la muerte, y en ese caso, puesto que todo está perdido, es igual de inútil irritarse.

En segundo lugar, la tolerancia: posiblemente, hay cosas de los demás que no soportamos, pero habría que preguntarse, antes de llegar a ese estado, qué cosas tenemos nosotros que enfadan a los demás. Tolerar no es sinónimo de aguantarse, sino de quererse y de querer a los demás.

La experiencia del amor, que no es siempre gratuita, puesto que se puede intentar amar incluso a aquellos que naturalmente no me son amables, conlleva la aceptación de lo positivo y lo negativo del prójimo. Ponerse en el lugar del otro es un buen remedio para comprender cómo nos gustaría que los demás actuaran con nosotros mismos.

En ningún caso se trata de ir llenando la olla a presión hasta que un buen día explota ocasionando un daño irreparable. El camino a seguir implica la dulzura de corazón que hace el ejercicio de comprender a los demás y las razones que le llevan a actuar de esa manera que tanto nos amarga.

Pero, igualmente, el respeto implica la relatividad de todas las cosas. Nada, ni nadie en este mundo tiene un valor absoluto, por eso es más fácil ponerlos en su justo lugar, antes de que ellos me pongan a mí en lugar que no deseo ocupar.

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